De Schönbrunn a Versalles
Nació como Maria Antonia Josepha Johanna von Habsburg‑Lothringen en Viena el 2 de noviembre de 1755, decimoquinta hija de la emperatriz María Teresa y del emperador Francisco I. Su infancia en Schönbrunn fue musical e informal; su educación, para los criterios de la época, ligera.
Fue su madre quien decidió su futuro. Para sellar la alianza entre Austria y Francia, la archiduquesa de catorce años se casó con Louis‑Auguste, heredero del trono francés. Entregada en la frontera en mayo de 1770, dejó atrás todo lo austriaco — su ropa, sus criados, incluso su perro — y llegó a Versalles como delfina de Francia. Francia no la recibió con calidez: Austria llevaba generaciones siendo la enemiga, y una muchacha de Viena era un tratado hecho carne.
El 10 de mayo de 1774 su marido se convirtió en Luis XVI y ella, a los dieciocho años, en reina de Francia y Navarra. Una corte de varios miles de personas la miraba vestirse, comer y caminar. Respondió con estilo: eligió qué ponerse, dónde pasar los días y quién la divertía, y toda Europa la copió. Luis XVI le dejó además una libertad que ninguna reina de Francia había tenido: sobre la música, el teatro y los pintores de la corte. Élisabeth Vigée Le Brun le debió su carrera.
Versalles misma le resultaba difícil de soportar. La etiqueta regía allí cada hora del día, así que se retiró: a sus habitaciones privadas detrás de los grandes aposentos y al Petit Trianon, donde podía elegir su compañía. Entre 1778 y 1786 nacieron cuatro hijos, y los crió mucho más de cerca de lo que se esperaba de una reina. Perdió a dos: Sophie antes de cumplir un año y el delfín Louis‑Joseph a los siete, cinco semanas antes de que empezara la Revolución. Ambos padres quedaron destrozados.
La Revolución puso fin a aquel mundo. La familia real fue trasladada de Versalles a París en octubre de 1789 y encarcelada en 1792. Luis XVI fue guillotinado el 21 de enero de 1793, en la que entonces era la plaza de la Revolución; la reina lo siguió el 16 de octubre, en la misma plaza, hoy plaza de la Concordia. Tenía treinta y siete años, y fue hacia allí con una entereza que hasta sus acusadores dejaron por escrito.

